Al cabo de algún tiempo, (no fue poco), comenzó
a disiparse esa densa bruma... con dificultad me puse de pié. La vida se
ajetreaba a mí alrededor. El mundo no se había detenido. Yo misma, con mi gran
dolor, estaba viva. Necesitaba replantearme muchas cosas, pero fundamentalmente
cómo seguir sin él, sin su tierna presencia. Si mi vida habría de continuar,
debía ser de la mejor manera posible.
Aprendí a evitar
las conductas auto destructivas, a no asumir un papel de víctima, a no mendigar
una limosna de afecto porque comprendí que no era yo ni mi dolor tan importante
para los demás, como para que me dispensaran demasiado tiempo. Cada cual tiene
sus penas, pensé, seguiré mi camino con dignidad, con la frente alta.
Es cierto, dolorosamente cierto que he perdido un hijo
pero no seré por ello una inválida, ni reclamaré de la sociedad un tratamiento
especial. No he de incomodar a nadie con mis queridos recuerdos, y podré además
escuchar a otros en el relato de sus desventuras y hasta asistirlos tal vez, ya
que el sufrimiento ha sido para mí una escuela de vida, y me ha sensibilizado de
un modo especial frente al dolor de los demás. Es como si un velo se
hubiese
disipado despojándome de urgencias materiales, enseñándome que la vida es
presente, que la vida es hoy, que hoy es el único día del que soy realmente
dueña, y es aquí y hoy, donde se manifiestan mis emociones.
En esta realidad no caben las prostergaciones ni las promesas, (que son
una especie de sentimientos pos datados y muchas veces incumplidos). Hoy soy
libre de ser quien soy, de expresar mis sentimientos con claridad, de decir que
sí, de decir que no, de evocar la imagen de mi hijo y sentir en mi cuerpo la
tibieza del vínculo y el amor recíproco, de elegir mi camino y tomar
determinaciones sin que estas incluyan necesa-riamente las expectativas de la
sociedad.